Con/vers@s 2: Depresión, literatura y pandemia

Tras estar voluntariamente confinados por más de 100 días, muchas personas empezaron a verse afectadas por un persistente insomnio y una inquietante sensación de malestar. Un signo claro de la depresión. Rosa Beltrán nos lleva de la mano en una reflexión sobre la inquietante depresión pandémica, con ayuda de la pluma de la literatura más exquisita.

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  • Anfitriona: Rosa Beltrán
  • Episodio: 2
  • Duración: 12:21
  • Etiquetas: #depresión, #RosaBeltrán, #pandemia, #coronavirus, #literatura, #poesía

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Podcast Con/vers@s

Capítulo 2: Depresión, literatura y pandemia

Anfitriona: Rosa Beltrán, escritora y directora de la Casa Universitaria del Libro UNAM (CASUL)

Introducción. [Habla narrador]: La pandemia nos ha afectado a todos. Además de quienes se contagiaron están quienes perdieron su trabajo, se alejaron de su familia o su pareja... interrumpieron su vida. Pero incluso quienes no perdieron nada no pueden cantar victoria. Cuál es este oscuro y silencioso síntoma que afecta a cada vez más personas y qué papel juega la literatura para entender lo que nos sucede.

Rúbrica. CulturaUNAM presenta. No se trata sólo de lo que tenemos que decir. Es también todo lo que tenemos para escuchar. Somos lo que conversamos. ¿Conversas? Una rosa es una rosa es una rosa. Con/vers@s. Un podcast de la Casa Universitaria del Libro. Con Rosa Beltrán.

[Habla Rosa Beltrán]: Según los reportes sobre la pandemia, escritos en diarios o grabados en pequeños documentales caseros, tras estar confinadas voluntariamente por más de cien días, muchas de las personas de pronto empezaron a verse afectadas por un persistente insomnio y una inquietante sensación de malestar. Una suerte de pequeño abismo que se proponían superar a través de la organización de rutinas, de distracciones o de reuniones con sus amigos a través de Zoom.

Lo que parecía un capítulo de Cien años de soledad, en realidad se reveló como uno de los signos más claros de la depresión, una afección a la que podriamos estar sujetos en esta pandemia. Por qué no sólo quienes han estado diagnosticados por COVID o tienen algún pariente enfermo; por qué aún quienes no han perdido su empleo y se encuentran protegidos en sus casas pueden caer en depresión en esta época; por qué muchos ni siquiera se darían cuenta.

La depresión es un padecimiento que afecta a millones de seres pero que es difícil de reconocer y, más aún, de tratar, por su naturaleza evasiva. Según William Styron, uno de los escritores que más brillante y hondamente han calado en el tema de la depresión, este es un desorden psíquico tan misteriosamente penoso y esquivo, en la forma de presentarse al conocimiento de quien la padece, que llega a bordear lo indescriptible. Su libro Esa visible oscuridad es una crónica personal de su caída en una depresión durante la que su médico psiquiatra, hablando del desconocimiento que aún se tiene de este mal, le dijo: “si se compara nuestro saber sobre la depresión con el descubrimiento de América por Colón, América está todavía por ser descubierta. Nos encontramos aún en esa islita de las Bahamas.”

El trastorno que hoy día llamamos depresión sigue constituyendo un enorme misterio. Desde los 90 se habla de la depresión como una de las enfermedades emblemáticas de la postmodernidad y se empezó a escribir mucho sobre ella. Además del sinfín de artículos médicos que se han publicado sobre el tema, el trabajo de varios autores y autoras nos ha acercado al conocimiento de lo que hasta hace poco aún no se había tipificado como una enfermedad, como un padecimiento.

En muchas de las novelas del XIX se decía simplemente que la señora estaba indispuesta o que estaba enferma de los nervios. Hay un abundante alusión a los problemas psíquicos de los personajes femeninos aunque los masculinos en esas novelas también la padecen o, como se decía entonces, también sienten que sus fuerzas los abandonan.

La antigüedad clasificaba la tendencia en los seres humanos según los humores del cuerpo, al decir de Hipócrates y Galeno eran cuatro: el temperamento sanguíneo, flemático, colérico y melancólico. Se suponía que esta parte heredable de la personalidad permanecía más o menos inalterada a lo largo de la vida, independientemente de las cosas que le sucedieran al ser humano. Recordemos cuánta pintura hay sobre esto, pensemos en los grabados de Durero sobre la melancolía, en la literatura que habla de los tipos sociales o de las conductas que responden a una inclinación natural incambiable. Molière describe algunos comportamientos como algo que obedece a un factor innato, ligado al temperamento que, se supone, es inalterable: el enfermo imaginario, el avaro, el misántropo, etcétera. De los artistas en general se ha dicho que tienen un temperamento melancólico. La poesía se ha asociado al estado meditabundo, soñador, nostalgioso de quien la escribe. Y a la depresión, a su vez, se asocian la abulia y la atonía. Pero si el temperamento melancólico y la depresión fueran una ecuación única, cómo nos explicamos las miles de páginas que han escrito poetas y novelistas.

Si todos los escritores fueran todo el tiempo melancólicos y padecieran depresión, cómo nos explicaríamos la inmensa obra de Tolstoi o de Dickens o de Balzac, por entregas. Cómo nos explicaríamos que Dickens hubiera pasado la vida escribiendo, procreando y yendo a dar conferencias a todos los puntos de Inglaterra; cómo la de autoras que escribieron obras maestras contra viento y marea, como las hermanas Brontë, como Jane Austen, como Rosario Castellanos, quien, a pesar de los pesares, entre más sufría, más escribir. Y cómo explicaríamos la obra poética y la crónica de los autores mexicanos del XIX, escribiendo, ejerciendo cargos administrativos y fundando una República; cómo describiríamos su quehacer si de veras hubieran respondido siempre a la ataraxia y la inactividad a que conlleva invariablemente el temperamento melancólico.

Ufff, pero la depresión, ese pulpo que se apodera de nosotros en ciertas épocas, el mismo que hizo que Virginia Woolf se llenara de piedras los bolsillos y se hundiera voluntariamente en las aguas del olvido; o que Alfonsina Storni buscara su propio fin, hundiéndose también para siempre; o que Sylvia Plath metiera la cabeza en un horno; el que llevó a Primo Levi, después de sobrevivir a los campos de concentración, a decir “hasta aquí”; o a Jack London; o a Ernest Hemingway; o a Anne Sexton, entre muchos.

Es cierto que hay un grupo numeroso de poetas y novelistas que se quitaron la vida en un episodio depresivo, pero en ese antiguo padecimiento no hay una regla fija. Incluso William James quien luchó contra la depresión por muchos años, la describió como una zozobra positiva y activa.

Los estudios más recientes sobre todo a partir del siglo 20 hablan de la depresión desde el punto de vista químico, una falta de sustancias en nuestro cerebro es suficiente para hacer que se derrumbe la sensación del mundo como un lugar seguro y luminosos. Contra esto, el descubrimiento y utilización del litio, de los inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina que dieron como resultado la fabricación de los primeros antidepresivos; el boom del Prozac en los años 90. Por fin, con una pastillita seríamos todos felices para siempre. Al parecer no fue así, bastante más complejos son los procesos para superar la depresión y hoy, muchos de los psiquiatras y psicólogos lo denominan como a tantos otros males un padecimiento multifactorial. Multifactorial, esa palabra que significa nada y todo.

Imaginémos ahora una situación de amenaza externa en la que durante más de 120 días, en promedio, a una persona que vive sola, que no puede salir ni siquiera a comprar sus alimentos, que se las ingenia más o menos para ser útil, para ponerse horarios, para ser productivo, para hacer un poco de ejercicio dentro de las paredes de su departamento; para arreglar, si es que puede, algunos de los desperfectos de electricidad, plomería, albañilería, servicio de internet, etcétera, que son parte del vivir cotidiano. Que escucha las noticias y está pendiente de las cifras de contagios y muertes en su país; que contrasta esas noticias con las no pocas veces contradictorias noticias del día siguiente y el siguiente, entre curvas de contagio que ya se planearon pero no se aplanan, y que crecen hasta el infinito. Imaginémos cómo de pronto esa persona se siente desconcertada, abatida, insegura, tradicionada, sobre todo por sí misma y por esa mente que no puede dominar, pese a que trata día tras día, de tener lo que en siglos anteriores se llamaba “presencia de ánimo” y que hoy se llamaría “funcionalidad”. Y trata y vuelve a tratar, hasta que siente que el mundo se le viene encima. O pensemos en el personal de salud, que ha atendido miles de casos, que tiene pesadillas, estrés postraumático, crisis de pánico, y que se siente todos los días en medio del ruedo; o en los sobrevivientes de COVID-19 que quedaron marcados por el tránsito por terapia intensiva y la separación de sus familias y sin la seguridad de que haber tenido la enfermedad y haber sobrevivido a ella los libre de no volver a contagiarse; por último, pensemos en los parientes de enfermos sometidos a niveles de estrés muy grandes, y pensemos en una sociedad que comienza a abrir sus espacios de trabajo y que hace que con precarios instrumentos de defensa nos veamos obligados a ir allí, afuera, donde habita el virus. Este es el punto en que nos encontramos ahora.

El conocido neuropsiquiatra y escritor mexicano Jesús Ramírez Bermúdez acaba de publicar un libro que se titula Depresión. La noche más oscura, en editorial Debate, estando en plena pandemia, aunque según algunos optimistas que apuestan más por la economía que por la superación científica de la COVID, estemos ya en la postpandemia. Este libro es clave para entender en qué consiste ese oscuro túnel y cómo se ha luchado por salir de él, desde distintos frentes en distintas épocas. Más allá de que el origen del problema tenga que ver con una disfunción bioquímica o con situaciones de abuso, de violencia o convivencias traumáticas, la poesía, las novelas y ensayos que se refieren a la depresión son importantes porque hablan de que los problemas de abusos tienen efectos reales en el individuo, de que hay una continuidad entre causas biológicas y sociales, de que es previsible que las siguientes olas de la pandemia tengan un impacto fuerte en la salud mental y de que esto debe tomarse con seriedad, con psicoterapia o con medicamentos, en los casos más severos, pero siempre con conocimientos y sin estigmas. La buena noticia, dentro de lo poco que se sabe de esta extraña inquilina, la depresión, es que su permanencia en nosotros la mayor parte de las veces no es definitiva.

CulturaUNAM presentó. UNAM. FIN.

Con/vers@s

La literatura es el terreno en que se depositan y florecen los sentimientos atemporales. Los miedos, sueños y deseos por los que que hemos transitado y que se presentan de modo recurrente en cada época aparecen inevitablemente en las grandes obras de ficción que visitamos como manuales de sobrevivencia y retratos hablados del alma humana. Este pódcast trae al presente las emociones y experiencias que las personas de distintos tiempos y culturas hemos compartido en momentos cruciales de la historia y las hace dialogar con aquellas otras que enfrentamos en esta extraña época de pandemia.

Rosa Beltrán

Rosa Beltrán

Anfitriona

Novelista, cuentista, ensayista, cronista, fundadora de varias colecciones literarias, entre ellas Sólo cuento (10 vol.), Crónica y El Ensayo. Es autora de novelas como La corte de los ilusos (Premio Planeta 1995), El paraíso que fuimos, Alta infidelidad, Efectos secundarios y El cuerpo expuesto. De los volúmenes de cuentos: Amores que matan y Cuentos darwinianos y del libro de ensayos Verdades virtuales. Ha sido traducida al inglés, francés, italiano, holandés y esloveno. Ha sido merecedora del reconocimiento de la American Association of University Women (AAUW), del Premio Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación y del Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz por la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y codirige el programa Contraseñas para Canal 22. Hasta 2019 fue directora de Literatura y ahora es directora de la Casa Universitaria del Libro, UNAM.

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