Con/vers@s 4: Normalidad fugaz

Siempre hay un atisbo de normalidad bajo el cielo, protector de las palabras. Pero las carencias de quienes ahora se aferran a la vida en la pandemia, el desempleo, la soledad, el aislamiento, delatan que esa normalidad ya no es lo que la define: normal.

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  • Anfitriona: Rosa Beltrán
  • Episodio: 4
  • Duración: 12:13
  • Etiquetas: #literatura, #ciudades, #RosaBeltrán, #normalidad, #pandemia, #covid, #autoras

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Podcast Con/vers@s

Capítulo 4: Normalidad fugaz

Anfitriona: Rosa Beltrán, escritora y directora de la Casa Universitaria del Libro UNAM (CASUL)

Introducción.

Rúbrica. CulturaUNAM presenta. No se trata sólo de lo que tenemos que decir. Es también todo lo que tenemos para escuchar. Somos lo que conversamos. ¿Conversas? Una rosa es una rosa es una rosa. Con/vers@s. Un podcast de la Casa Universitaria del Libro. Con Rosa Beltrán.

[Entra música de piano]

[Habla Rosa Beltrán]: Según las noticias más recientes estamos a un paso de volver a la normalidad. Tras la aplicación de la vacuna contra el COVID, poco iremos remontando las calles, los edificios, las carreteras, las salas de cine, los museos, los aeropuertos, los aviones, las fronteras y nos volveremos a reunir en espacios cerrados y abiertos, con la confianza con que antes lo hacíamos. Nos volveremos a abrazar, a besar, a acariciar. Eso que es tan sin simple y tan humano y, sobre todo, tan necesario, según hemos podido comprobar en estos tiempos de confinamiento. ¿Cuánto de la antigua normalidad hemos perdido y qué consecuencias habrá tenido y sigue teniendo?

En muchos momentos de la historia ha ocurrido que el mundo conocido da un vuelco de 360 grados y se transforma y nos obligada a adaptarnos, al grado de creer que siempre había sido como lo estamos viviendo. Algunos escritores y artistas han registrado el instante en que todo cambia. Ese en que, de pronto, ciertos ritos y conductas nos dicen que el mundo no volverá a ser lo mismo. Y bien, qué pasa cuando creemos que se ha perdido el mundo normal; qué significa en el día a día la pérdida de la normalidad y cómo han reaccionado ciertos grupos sociales ante el fenómeno de haber extraviado un mundo que, hasta hacía poco, era familiar y en el que se conocían las reglas del juego.

Lo primero que tendríamos que preguntarnos es si ese mundo normal realmente existió alguna vez. La idea que tenemos de una época se conforma a través de quienes han escrito y filmado ese tiempo y lo han registrado. Pero ocurre también que al reconstruir un momento histórico o una época haya una suerte de contagio: todos creen que ocurrió de la misma forma. Es que siempre se escribe a todo pasado la historia. ¿Pero qué pasa cuando se escribe el presente, el cambio mismo? La normalidad se ha perdido y recuperado muchas veces en la historia. Pensemos, por ejemplo, en la gran transformación que representó el fascismo primero y, después, la ocupación nazi en distintos países de Europa. Y pensemos en ese acontecimiento radical que, sólo muchos años después, vendríamos a conocer como la Segunda Guerra Mundial.

[Efecto de Hitler hablando en alemán]

Ahí es donde me quiero detener, en obras que fueron escritas en el momento mismo de los hechos, con una voluntad de narrar el cambio desde el seno íntimo de la vida doméstica, de la vida personal o de la vida de las familias. ¿De qué manera se perdió esa normalidad en los pequeños detalles de todos los días? ¿Cómo cambiaron las conversaciones en las familias, las relaciones entre padres e hijos, el quehacer cotidiano, el sentido de la vida? Hay dos novelistas excepcionales Irène Némirovsky y Natalia Ginzburg que cuentan desde la autobiografía esos avatares.

[Efecto: pluma escribiendo sobre papel]

Por ser de origen judío y estar expuestas al fascismo, la vida misma de estas dos autoras era ya una excepción. Irène Némirovsky nació en el seno de una rica familia rusa, de Kiev, y tuvo que emigrar por la Revolución Rusa y se refugió en París. Vivió, se educó y escribió en francés, incluso se convirtió al catolicismo, hablaba cuatro lenguas, pero su apellido era inocultablemente judío y moriría en un campo de concentración.

Por su parte, Natalia Ginzburg, italiana, vivió en Turín, donde pasó sus primeros años. Sufrió la represión del fascismo de Mussolini. Era amiga de varios opositores a ese régimen, entre otros, del escritor Cesare Pavese, quien se suicidó y del propio Leone Ginzburg, con quien ella se casó y quien murió en la cárcel.

Irène Némirovsky era muy famosa, había ya escrito varias novelas de temas muy diversos, desde la compleja relación madre e hija, hasta las tretas de las que se valían algunos inmigrantes para hacer fortuna entre las familias francesas. Pero en cuanto vio que se recrudecía la violencia durante la ocupación [efecto: gritos y balas], aún en un clima de aparente normalidad, para algunos, se puso escribir y guardó el manuscrito de su obra magistral Suite francesa, una novela dividida en varios tomos, en una bolsa. En esa Suite francesa registró los cambios de vida, de un momento a otro, durante la guerra.

Se trata de un cuaderno escrito con letra minúscula que conservó su hija mayor y que no leyó durante un lapso grande de su vida porque creyó que se trataba del diario de su madre y, pensó, que la iba a afectar. No obstante, cuando por fin le dio lectura para hacer la donación de los escritos de su mamá, se dio cuenta de que lo que tenía era una novela y de inmediato los editores descubrieron que, más que una novela, era un fresco extraordinario sobre el día a día de lo que sucedió durante la ocupación alemana en París. La invasión de pueblos llenos de mujeres con sus hijos hambrientos, el éxodo de familias que luchan por ganar una silla para dormir en el pasillo de una posada, coches repletos de enseres varados, a medio camino por falta de gasolina; robos de comida, al primer descuido de sus dueños; deserción y hurtos de los sirvientes; durmientes, que luego de caer rendidos, sueñan con el mar embravecido que empuja violento sus olas, sólo para despertar y darse cuenta de que se trata de la alarma… porque van a bombardear.

[Efecto: sirena antiaérea]

El primer síntoma de que se ha perdido la normalidad, es el mismo de cuando ocurre un naufragio: todas las clases sociales se juntan en cubierta y se miran atónitos, y buscan, cada una, cómo sobrevivir del mejor modo. Burgueses huyendo con lo que les cabe en las manos, ancianos dejados atrás, cuando los primeros habitantes buscan huir, por carreteras y vías de tren, luego de los primeros bombardeos. Todos en desbandada.

[Efecto: sirena antiaérea y explosiones]

Con una gran maestría y amor por el detalle Irène cuenta cuáles son las artimañas para hacerse de un poco de comida, de gasolina, de agua, de lo más básico; las estrategias de la primera pérdida de esa normalidad. El futuro es el de los que deciden meter en maletas lo poco que les quepa y huir hacia alguna parte, la que sea. Oh bien, el de quienes se aferran a la esperanza y, como la mayoría, se quedan esperando a que todo pase. Y lo que pasa es un modo de vida que termina y otro que exige todo el coraje para sobrevivir.

En Suite francesa hay historias de violencia y prepotencia pero, también, hay historias clandestinas de amor y de colaboracionismo. Y unas pocas, poquísimas, escenas de solidaridad.

[Efecto: pluma escribiendo sobre papel]

Escribir día a día, todos los días, con su letra de pulga que se hacía aún más pequeña, porque temía ser descubierta, observar, observarlo todo; registrar las pequeñas historias, incluida la propia, fue un acto de resistencia que, para nuestra fortuna, tuvo el feliz desenlace de la publicación.

Por su parte, Natalia Ginzburg fue hija de un padre autoritario hasta lo increíble pero decididamente antifascista y cercano a sus hijos. Ella escribió varias obras de corte autobiográfico pero con léxico familiar, logró captar a través de esas pequeñas frases que se vuelven lugares comunes en las familias, la esencia de un modo de sentir de la familia Levi, un grupo de judíos humanistas que buscan sobrevivir a la violencia, aferrándose a los pequeños rituales que ellos mismos fundan, y al afecto que los unía. A partir de una mirada fresca y simple, sólo en apariencia, Natalia logra captar la vida intelectual de las primeras décadas del siglo XX, en una Italia que aquí se pasea en bata y pantuflas.

A través de un padre cascarrabias, que reprende a los hijos por llegar tarde, como hacen todos los padres, y de una madre optimista, que trata de ver sólo el lado bueno de la vida, como hacen tantas madres, Ginzburg nos hace leer entre líneas como esa llegada tarde de los hijos, implica la posibilidad de perderlos para siempre cada noche. Y, cómo, el sempiterno optimismo de la madre resulta irónico cuando se trata de que ésta se alegre porque han encarcelado a un hijo por distribuir propaganda antifascista.

[Efecto: reja cerrándose]

La tiranía nazi aparece como un ruido de fondo frente a la memoria afectiva que, no obstante, se va oscureciendo a medida que llegan los episodios más sombríos: el destierro, con su marido y sus niños pequeños; la muerte de su esposo, en una cárcel en Roma; y el suicidio de Pavese, a quien jamás le creyó nadie cuando los alemanes invadieron Francia y él iba a visitar a los amigos comiendo cerezas y hablando de que pronto se iría.

Frases simples, palabras justas, sutilezas irónica y banalidades aparentes hacen que nos demos cuenta de que el miedo ante una normalidad que se acaba es menor cuando se narra. Y que la soledad se atempera con el diálogo con uno mismo. Siempre hay un atisbo de normalidad bajo el cielo protector de las palabras.

En ninguna de las dos historias hay juicios ni tomas de partido, salvo por el hecho de que ambas son antifascistas. Y, sin embargo, estas dos grandes autoras son un ejemplo de que escribir el cambio es una de las formas más radicales de la resistencia. Me pregunto qué formas de resistencia se están utilizando ahora. ¿Cómo se logrará remontar la enfermedad, las muertes de las familias, la pérdida de la casa o el empleo, la convivencia violenta de algunos hogares, la enseñanza de los niños a distancia y los adolescentes en línea (sin posibilidad de convivir con sus compañeros y jugar con ellos), las carencias de quienes ahora se aferran a la vida (en la pandemia), el desempleo, la soledad, el aislamiento?

[Entra música de piano]

Quizá algunos estén brincando la ola, de la manera en que lo hicieron estas dos mujeres geniales. Dos verdaderos ejemplos de la fortaleza del espíritu humano, del que seguro tendremos pruebas en lo que quede de lo que ustedes estén narrando sobre las grandes pequeñas historias de esta pandemia.

CulturaUNAM presentó.

UNAM

[FIN]

Con/vers@s

La literatura es el terreno en que se depositan y florecen los sentimientos atemporales. Los miedos, sueños y deseos por los que que hemos transitado y que se presentan de modo recurrente en cada época aparecen inevitablemente en las grandes obras de ficción que visitamos como manuales de sobrevivencia y retratos hablados del alma humana. Este pódcast trae al presente las emociones y experiencias que las personas de distintos tiempos y culturas hemos compartido en momentos cruciales de la historia y las hace dialogar con aquellas otras que enfrentamos en esta extraña época de pandemia.

Rosa Beltrán

Rosa Beltrán

Anfitriona

Novelista, cuentista, ensayista, cronista, fundadora de varias colecciones literarias, entre ellas Sólo cuento (10 vol.), Crónica y El Ensayo. Es autora de novelas como La corte de los ilusos (Premio Planeta 1995), El paraíso que fuimos, Alta infidelidad, Efectos secundarios y El cuerpo expuesto. De los volúmenes de cuentos: Amores que matan y Cuentos darwinianos y del libro de ensayos Verdades virtuales. Ha sido traducida al inglés, francés, italiano, holandés y esloveno. Ha sido merecedora del reconocimiento de la American Association of University Women (AAUW), del Premio Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación y del Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz por la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y codirige el programa Contraseñas para Canal 22. Hasta 2019 fue directora de Literatura y ahora es directora de la Casa Universitaria del Libro, UNAM.

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